Llego el mensajero… (Tomada con instagram)

Milán Kundera dijo alguna vez sobre Carlos Fuentes: “¿Cómo es posible que alguien de otro continente, alejado de mí por su itinerario y su cultura, esté poseído por la misma obsesión estética de hacer cohabitar distintos tiempos históricos en una novela, obsesión que hasta entonces había ingenuamente considerado sólo mía?”, después de conocer la obra Terra nostra de Fuentes.
Hablar de Fuentes es hablar de agua, de vida, de fecundidad, de una necesidad cristalina de revitalizar la mente a cada palabra. La pérdida no es marginalmente mexicana, es una tristeza profunda de las letras hispanoamericanas. Carlos proviene del germánico: hombre fuerte, varonil y viril; eso precisamente fue Fuentes para la intelectualidad hispanoamericana. Ahora es polvo de estrellas.
¡Y te mueres en este preciso momento! Así de inoportuna es la Catrina. No avisaste chingao, que conste, te dijimos que no te fueras, que nos aguantaras un poquito. No queríamos que escribieras más, ya teníamos suficiente de ti, estábamos hartos, nos habías dado tanto… Pero tenías que dejarnos huérfanos cuándo estamos gateando, cuando nos están saliendo los dientes de la pluralidad y la crítica; cuando estamos aprendido a hablar ya te esfumas, no te quedas a oírnos decir nuestra primera palabra, la que a ti te gustaría, la dichosa democracia.
Y ahora estamos caminando a oscuras, intentando llegar al interruptor a tientas, porque tu luz, como una cerilla que se te apaga entre la yema de los dedos, quemándote, se nos termina y estamos a la mitad del camino. Pero, aún con tu berrinchuda ausencia, no nos dejas, se te olvido apagar la Fuente, se te olvido borrar tu nombre, Carlos.
Si tenemos suerte, nos acordaremos de ti alguna vez de chiripa. Si tenemos suerte, podríamos intentar guardar un papelito con el nombre de alguna cosa que escribiste. Si tenemos suerte dentro de un tiempo -no sé cuánto-, por casualidad abrimos una hoja que escribiste tú, y recordamos lo último que nos dijiste cuando nos dejaste, tendremos la bendita fortuna de lamentarnos.
Cuando era un joven escritor, en Praga, odiaba la palabra generación, que me
repelía por su regusto gregario. La primera vez que tuve la sensación de estar
unido a otros fue leyendo más tarde, en Francia, Terra Nostra, de Carlos
Fuentes. ¿Cómo es posible que alguien de otro continente, alejado de mí por
su itinerario y su cultura, esté poseído por la misma obsesión estética de hacer
cohabitar distintos tiempos históricos en una novela obsesión que hasta
entonces había ingenuamente considerado sólo mía?
Es imposible captar lo que es la terra nostra, terra nostra de México, sin
asomarse al pozo del pasado. No como historiador para encontrar en él hechos
sino para preguntarse: ¿cuál es para un hombre la esencia concentrada en la
terra mexicana? Fuentes captó esa esencia bajo el aspecto de una novelasueño
en la que varias épocas históricas se empalman telescópicamente en
una especie de metahistoria poética y onírica; creo que así algo difícil de
escribir y, en todo caso, jamás visto en literatura”.
(Source: clubcultura.com)
— Antonio Machado
Posiblemente este será el mejor mensaje de un anunciante con motivo de las Olimpiadas de Londres 2012